UNA PAUSA PARA , ESTUDIAR CON TODAS LAS PILAS

Loading...

martes, 29 de abril de 2008

EL IMPERIALISMO

Podríamos definir genéricamente el término imperialismo como la actitud, doctrina o actividad de quienes propugnan o practican la extensión del dominio de un estado sobre otro u otros por medio del empleo de la fuerza militar, económica o política.
Durante el último tercio del siglo XIX las potencias europeas y algunas extraeuropeas (USA y más tarde Japón) desarrollaron una política de expansión colonial acelerada que venía gestándose desde comienzos de siglo. Esta nueva fase del colonialismo denominada imperialismo tendía a la formación de grandes imperios y constituyó una constante fuente de conflictos que desembocaron en la 1ª Guerra Mundial.

Colonialismo e imperialismo
Para algunos autores estos términos son sinónimos, otros ven sin embargo entre ellos una serie de diferencias:
El colonialismo
Suele aludir a las primeras fases de la expansión europea, durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Las metrópolis controlaban una serie de territorios que fueron explotados económicamente, estableciéndose contactos con los pueblos autóctonos de la zona a los que les fueron impuestas sus estructuras y formas de vida. Existía el deseo de controlar rutas, lugares estratégicos y crear zonas de influencia, pero no estaba claramente definida la postura de conquista continua y sistematizada.
El imperialismo
A diferencia del anterior, tiene fuertes connotaciones nacionalistas: los estados que lo practicaron buscaban la conquista sistemática de la mayor cantidad de territorios con el fin de llegar a ser potencias de rango mundial. No pretendían tanto la transformación cultural de estas zonas como su control político, económico y militar. Este proceso adquirió nitidez en el último tercio del siglo XIX.

El tránsito del colonialismo tradicional al imperialismoSe produjo en la 1ª mitad del siglo XIX y vino marcado por la crisis del antiguo colonialismo decantada en la pérdida de las colonias americanas de Gran Bretaña y España, la desaparición de las doctrinas económicas mercantilistas y la lucha por la abolición de la esclavitud.Por el contrario la expansión continuó durante la 2ª mitad del siglo, fruto de la pretensión de conseguir nuevas áreas de influencia, alentada por la industrialización europea -ávida de nuevos mercados- y el desarrollo técnico y militar. Otros factores que contribuyeron a dicha expansión fueron las exploraciones geográficas y misioneras en busca de la extensión de la ciencia y el cristianismo respectivamente. En 1885, en la Conferencia de Berlín, las potencias acordaron el reparto sistemático del continente africano.



CAUSAS DEMOGRAFICAS



En el período comprendido entre 1850 y 1900 la población europea pasó de 300 a 450 millones de almas. Las penosas condiciones de vida de la clase trabajadora en los países industrializados animó a muchos a buscar mejores perspectivas de vida en los territorios que iban ocupándose
Este incremento demográfico también afectó a potencias asiáticas como Japón y continuó en progresión hasta 1914. Parte de esa población fue absorbida por los territorios coloniales a través de una constante inmigración que en ocasiones alteró sustancialmente la composición étnica de extensas áreas. Los avances médicos, como el uso de la quinina, contribuyeron en gran medida a estas migraciones, ya que permitieron combatir con éxito enfermedades endémicas como el cólera, tifus o el paludismo que hasta entonces habían hecho inhabitables para el hombre blanco extensos territorios

Causas económicas
Fueron fruto de la expansión del capitalismo industrial y se fundamentaron en:
La búsqueda de nuevos territorios donde invertir el exceso de capitales acumulados. Éstos encontraron una productiva salida en forma de créditos otorgados a las minorías indígenas colaboradoras con la metrópoli, pero fundamentalmente en la financiación de infraestructuras tales como ferrocarriles, puertos o grandes obras de ingeniería (canal de Suez, Canal de Panamá, etc.).
La exploración y conquista de zonas donde conseguir materias primas y energéticas abundantes y baratas. A las colonias se les asignó el papel de abastecer a las industrias metropolitanas.
El control de espacios donde establecer mercados que asegurasen en régimen de monopolio la colocación de los productos industriales.
La utilización de una mano de obra no cualificada pero barata y dócil (en ocasiones esclava), que redujo los costes de extracción de las materias primas y contribuyó al éxito de la agricultura de plantación.


Causas políticas
En el último tercio del siglo XIX el nacionalismo que en sus inicios había ido relacionado co el liberalismo y el romanticismo se transformó en un movimiento conservador y en componente del imperialismo.
Los estados adoptaron una política de prestigio en un intento de atraerse a sus respectivas masas populares y desarrollaron una acción diplomática dirigida por fuertes personalidades (Bismarck, Chamberlain, Jules Ferry, Leopoldo de Bélgica, Cecil Rhodes, etc.) quienes, apoyadas en gran medida por la prensa y otros medios, propugnaron desde una postura chovinista la formación y consolidación de extensos dominios coloniales.
Además las potencias ambicionaban conseguir la hegemonía en sus respectivas áreas de influencia mediante el control comercial y militar de las rutas marítimas y terrestres. Al tiempo intentaban evitar que sus competidores triunfasen en empresas similares, originando con ello tensiones y conflictos que preludiaron Primera Guerra Mundial

Causas ideológicas
Desde posiciones nacionalistas y chovinistas se desarrollaron teorías racistas que justificaban e impulsaban la expansión territorial, con o sin el consentimiento de los pueblos autóctonos.
En sus formas más moderadas el racismo se disfrazó en ocasiones de un paternalismo que sostenía la necesidad del hombre blanco de “sacar del atraso” a las poblaciones autóctonas a través de la instrucción y la educación. En esa labor destacó la actividad misionera de las iglesias cristianas anglicana, católica y protestante, que causó gran impacto en las poblaciones indígenas cuya mentalidad era totalmente ajena a la occidental.
En todas esas posiciones subyacía una ideología de carácter etnocentrista que ensalzaba la cultura europea y occidental y descalificaba al resto, considerado bárbaro, salvaje y primitivo.

El Imperio británico
Fue el más extenso de todos, comenzó a formarse en el siglo XVIII, pero alcanzó la madurez durante el largo reinado de Victoria (1837-1901), impulsado por la acción de sus ministros Disraeli y Chamberlain. Hasta entonces había controlado fundamentalmente territorios costeros o islas con un claro significado comercial o estratégico. Algunas de ellas habían pertenecido a Francia, Holanda o España: El Cabo en el Sur de África, la isla de Ceilán en el Índico, Malta y Corfú en el Mediterráneo, Gibraltar, Santa Elena en el Atlántico, etc. La derrota de Napoleón reforzó su posición dominante.
Dominios se extendían por los cinco continentes:
En Asia
La constitución del imperio británico en Asia fue temprana, en 1885 ya se ha completado. La India fue sin duda el dominio más importante. Se trataba de una colonia de explotación administrada desde 1777 por la Compañía de las Indias Orientales. Se convirtió en la principal suministradora de materias primas (algodón, yute, té, etc.). Constituida en el eje del imperio, la construcción del canal del Suez agilizó de manera notable las relaciones con la metrópoli. Para mantenerla protegida de los territorios coloniales de otras potencias Gran Bretaña creó en torno a ella una serie de estados tapón, como Beluchistán (en el actual Pakistán) o Afganistán.A raíz de la sublevación de los cipayos, soldados indios al servicio de Gran Bretaña, la Corona tomó directamente el gobierno de la India que había estado dirigido por la citada Cía. de las Indias Orientales.
Otras áreas de dominio británico en Asia fueron Malaca y Singapur; ésta se convirtió en un punto estratégico en las rutas marítimas. Birmania, que había constituído un protectorado semiindependiente fue anexionada en 1885, lo que supuso la creación de una vía terrestre hacia China.
En China, que conservó nominalmente la independencia, amplíó su influencia tras el tratado de Nankín (1842) que puso fin a la “Guerra del Opio”. A partir de entonces China se vió obligada a ceder Hong Kong y a abrir cinco puertos costeros al comercio exterior. Ello dio paso a los llamados "Tratados desiguales" que no sólo permitieron las ingerencias británicas en los asuntos chinos, sino también las de otras potencias como Francia y Estados Unidos. Más tárde, en 1860, por el Tratado de Tient-Sin, el gran imperio asiático hubo de transigir en la apertura de otros once puertos.
En el Mediterráneo
Controló una serie de colonias que jalonaban el camino hacia la India una vez abierto el Canal de Suez. Desde Gibraltar se sucerdieron Malta, Suez y Adén. Pronto intervino en Egipto que aunque conservó nominalmente su independencia en realidad fue controlado por franceses y británicos.
En África
Avanzó desde el sur (El Cabo) intentando enlazar con el Sudán. Cecil Rhodes se anexionó los territorios que llevan su nombre (Rodesia), hoy repartidos entre Zimbabwe y Zambia. En esta progresión hacia el norte chocará con los bóers, pobladores de origen holandés establecidos en Transvaal y Orange así con la población zulú a la que venció en 1879. Con esta conquista impidió que Portugal puediera progresar de Oeste a Este y unir sus colonias de Angola y Mozambique.Esta expansión se completó con la incorporación de Nigeria, parte de Somalia (1884), Kenia y Uganda.

En el control del valle del Nilo chocó contra la otra gran potencia imperialista de África: Francia. Una vez alejado el peligro de una guerra entre ambas potencias tras el "Incidente de Fachoda" (en Sudán), el Imperio Británico se adueño de una de las áreas más ricas de África: el sur, pródigo en oro y diamantes; y el valle del Nilo (Egipto y Sudán), con sus fértiles cultivos de algodón. Su control le permitió además proteger las principales rutas que conducían a la India.

En Oceanía
Nueva Zelanda fue convertida en colonia británica en 1841 quedando su población indígena, los maoríes, bajo la soberanía de la metrópoli. Australia fue utilizada durante gran parte del siglo XIX como prisión donde eran destinados determinados convictos. Estos dominios se completaron con algunos archipiélagos del Pacífico. La penetración europea se realizó siguiendo las pautas de formación de colonias de poblamiento que sirvieron de drenaje a los excedentes demográficos británicos y del norte de Europa, provocando en muchos casos la casi total desaparición de las

En América
Caricatura sobre el Imperio Británico
Canadá redondeó este imperio universal. Fue convertida en dominio en 1867 siéndole otorgado un amplio grado de autonomía. Honduras, Jamaica o Guayana constituyeron asimismo posesiones británicas.

Estados Unidos
Tras la Guerra de Secesión (1861-1865) inician su expansión colonial con la compra de Alaska a Rusia y la guerra con España (1898), que le confiere el dominio el Caribe (Puerto Rico) y la influencia sobre Cuba.
Sin embargo, gran parte de la acción imperialista de USA se concentra en la conquista de los enormes territorios situados al Oeste de las primeras colonias. Tal proceso alcanzó su máximo apogeo en el período comprendido entre 1860 y 1890 concluyendo tras la derrota de la resistencia aborigen.
No obstante el imperialismo norteamericano se fundamentó no tanto en la ocupación de territorios fuera su ámbito geográfico como en el control económico que ejerció sobre todo el continente americano.

Japón
Tras la Revolución Meiji y su rápida industrialización se anexiona diversos territorios asiáticos: Formosa y Corea a costa de China. Más tarde lo hará con Manchuria.

LA UNIFICACION ALEMANA

El proceso que conduce a la unificación de los diversos Estados alemanes bajo la forma de un Imperio es, en buena medida, consecuencia de una profunda maduración social y económica en el mundo alemán después de las revoluciones de 1848, y del fortalecimiento político de Prusia en el conjunto de esos Estados. En ese sentido, la unificación parece ser más el resultado de la conjunción de procesos de diverso signo que el final de una política diseñada por un sector nacionalista que distó mucho de ser tan articulado y unánime como pudiera suponerse. Las convicciones liberales y los sentimientos nacionalistas, desde luego, no desaparecieron con la reacción absolutista que marcó el final de los procesos revolucionarios de 1848 y 1849. El propio Federico Guillermo IV, bajo la inspiración del ministro J. M. von Radowitz, había tratado de aprovechar su liderazgo de aquellos años para intentar que los príncipes alemanes le pusieran al frente de un proyecto de unificación, ofreciéndole la Corona imperial alemana. Federico Guillermo consiguió el apoyo de una treintena de Estados en la llamada Unión restringida, que votó una Constitución federal en abril de 1850. Aparte de la resistencia de los príncipes, y del recelo de los propios nobles prusianos (Junkers) a todo lo que no fuera el fortalecimiento de Prusia, Federico Guillermo se encontró con la dura réplica de Austria, que estaba respaldada por la alianza rusa. El canciller austriaco Schwarzenberg convocó a finales de noviembre de 1850, en Olmütz, al ministro prusiano O. von Manteuffel y le obligó a la renuncia de los proyectos de hegemonía prusianos. La Confederación Germánica era restablecida, al igual que la Dieta, mientras que Prusia era humillada y Austria afirmaba momentáneamente su hegemonía sobre una gran Alemania. En cualquier caso, el conflicto entre ambas potencias quedaba perfilado en el horizonte.

El Zollverein
Los cambios experimentados en la sociedad y la economía alemanas son otro aspecto que ayuda a entender el proceso de la unificación, en el que las decisiones políticas vinieron muchas veces exigidas por las demandas de una sociedad en rápida transformación.La población alemana, en los años que van de 1850 a 1870 pasó de 33 a 42.000.000 de habitantes, con un índice de crecimiento anual que fue ligeramente superior al de otros países europeos (inferior al del Reino Unido) y que se debió, fundamentalmente, al incremento de un índice de natalidad que llegó a estar cercano al 40 por 1.000. El proceso de urbanización fue también muy acusado, como en otros países europeos, lo que no impidió que dos terceras partes de la población continuaran siendo rurales a comienzos de los años setenta. Los que acudieron a las ciudades se convirtieron muchas veces en un proletariado industrial forzado a vivir en pésimas condiciones y con un salario sólo ligeramente superior al mínimo indispensable para sobrevivir. Esto generó la aparición de organismos de solidaridad, como cooperativas, entidades de crédito y las primeras organizaciones sindicales. También propició el nacimiento de instituciones de caridad promovidas por figuras destacadas de las Iglesias católica (A. Kolping, obispo W. Ketteler) y evangélica (Wichern, Bodelschwingh). En su conjunto, ninguna de estas iniciativas intentaba subvertir el orden social, lo que sí hacía el socialismo de Marx y Engels, que trataba de sustituir el sistema capitalista establecido. Sus doctrinas, sin embargo, penetraban muy lentamente. La Asociación General de los Trabajadores Alemanes, fundada en mayo de 1863 por Ferdinand Lassalle, contemplaba la constitución de cooperativas de producción subvencionadas por un Estado fuerte, y el marxismo no comenzó a abrirse paso hasta 1869, con la formación del Partido Social Demócrata de los Trabajadores, dirigido por August Bebel y Wilhelm Liebknecht. Un aspecto decisivo en la transformación económica que experimentó el mundo alemán durante aquellos años fue la construcción del tendido ferroviario, que se convirtió en el verdadero motor del proceso de industrialización. La primera línea, entre Nuremberg y Fürth, había sido puesta en funcionamiento en 1835 y la erección del tendido se aceleró desde mediados de siglo. Los 6.000 kilómetros de 1850 se doblaron diez años más tarde, y casi alcanzaban los 20.000 a la altura de 1870. Junto con el ferrocarril, la creación de bancos de crédito a comienzos de los años cincuenta (Diskontogesellschaft, creado por D. Hansemann; o el Darmstädter Bank, de Mevissen) hizo posible contar con medios financieros para las nuevas empresas industriales, organizadas bajo la forma de sociedades anónimas. Mientras que antes de 1850 sólo se habían constituido 19 de esas sociedades, en la década de los cincuenta se constituyeron 251.La industria incorporó mano de obra procedente del artesanado e hizo posible un notable aumento de la producción. Los 5.000.000 de toneladas de hulla que se producían en 1850 se cuadruplicaron en 1865, mientras que la producción de hierro se multiplicaba por dos y medio y el consumo de materia prima de algodón lo hacía por tres y medio. Por otra parte, la creciente mecanización se traducía en crecimiento de la productividad hasta límites que resultaban espectaculares. El convertidor Bessemer podía obtener en veinte minutos la misma cantidad de fundición que hubiera podido obtenerse por los medios tradicionales de elaboración de acero.Por otra parte, los años sesenta asistieron a un crecimiento espectacular de la industria química (1863, creación de la Badische Anilin und Sodafabrik; 1866, trabajos de Werner von Siemens), y en 1867 los productos alemanes recibían un generalizado reconocimiento en la Exposición Internacional de París. El mundo alemán se estaba convirtiendo, por tanto, en una gran potencia que exigía medidas de articulación económica. El Zollverein, originado por las corrientes librecambistas generadas en una industria y una agricultura que habían incrementado también sensiblemente sus posibilidades de exportación (experimentos de Justus von Liebig), se había consolidado en torno a Prusia, y se completó en los años cincuenta con las anexiones de Hannover y Oldenburg. Austria, que se había puesto al margen de esta iniciativa en sus orígenes, experimentaba en estos años una marginación económica que no tardaría en tener repercusiones políticas. Sus intentos de contrarrestar la hegemonía económica prusiana en el mundo alemán nunca llegaron a tener excesiva consistencia.


Política interior de Bismarck
Los primeros pasos de Bismarck en el Gobierno estuvieron encaminados a afirmar el poder del monarca frente a la amenaza representada por el Parlamento, aunque evitó un choque directo con la Asamblea que le atara las manos para conseguir los objetivos de su política exterior. Por eso retiró la propuesta de presupuesto para 1863 y prefirió entablar negociaciones secretas con los líderes liberales. Pero, a la vez, quiso dejar claro que las posibilidades de la unificación alemana pasaban por un Ejército y por un Estado fuertes. Las grandes cuestiones advirtió en su discurso de 30 de septiembre de 1862- no se decidían con discursos y votaciones, sino "con sangre y hierro". Bismarck pretendía manos libres para sacar adelante su política pero la insistencia de la Cámara en el control presupuestario, le llevó a prescindir de la misma, interpretando que la Constitución daba atribuciones al monarca para aprobar el presupuesto contando sólo con la Cámara alta, y resolver así el conflicto constitucional planteado. Se trataba, en realidad, de una simple solución de fuerza, que provocó fuertes críticas en los sectores liberales, pero que no consiguió desviar a Bismarck de sus objetivos marcados. De ahí que la ratificación de la mayoría de los liberales de izquierda en las elecciones de septiembre de 1864 no alterara profundamente la situación. Por otra parte, el respeto a la autoridad del Estado y el mantenimiento del principio del orden eran valores compartidos por muchos liberales nacionalistas. A medida que la política de Bismarck comenzara a dar sus primeros frutos, muchos de esos liberales terminarían adhiriéndose a las filas del ministro-presidente. Por otra parte, fuera de ciertos ambientes burgueses, la oposición al Gobierno era desdeñable. El mundo rural dependía notablemente de los terratenientes mientras que las primeras organizaciones obreras, no sólo no eran contrarias al Gobierno, sino que ponían en un Gobierno fuerte sus esperanzas de conseguir las metas que se habían propuesto. En enero de 1864 Bismarck se entrevistó con el líder socialista Lassalle, que buscaba el apoyo de un Estado fuerte para conseguir mejoras en las condiciones de vida de las clases trabajadoras. Incluso en el Partido de Progreso, había algunos pensaban que era necesario sacrificar los principios de la libertad para hacer posible la unificación política. Había quienes pensaban que el desarrollo del nacionalismo pondría a Bismarck en la necesidad de contar con ellos, para asegurarse el apoyo popular. La realidad, sin embargo, resultó ser muy otra. Fue la política exterior de Bismarck la que contribuyó eficazmente al fortalecimiento del ministro-presidente en la dirección de la política prusiana.

Hacia la unidad
La cuestión de los ducados daneses sirvió para proporcionar el primer pretexto para que Bismarck impusiera sus puntos de vista "pequeñoalemanes" en beneficio de Prusia. La causa del nacionalismo fue en él un instrumento de una política de engrandecimiento de Prusia en el seno del mundo alemán, lo que suponía necesariamente la exclusión de Austria. Esto se venía viendo desde comienzos de los sesenta, aun antes de la llegada de Bismarck, cuando se frustraron diversos intentos de reformar la Confederación Germánica y Prusia volvió a poner sobre el tapete la solución "pequeñoalemana". La propuesta hecha por Austria, en febrero de 1862, se encontró con una firme oposición prusiana y Bismarck también impidió que Guillermo I acudiese a la conferencia de príncipes que los austriacos convocaron en Francfort, en agosto de 1863. En ella se aprobó la iniciativa austriaca de realizar la unificación de los Estados alemanes por consenso, y mediante una dirección colegiada. Hubiera sido una fórmula "granalemana", que habría asegurado la hegemonía austriaca, pero Bismarck rechazaría posteriormente las conclusiones de la conferencia, exigiendo igualdad de estatus con Austria y una Asamblea elegida por sufragio universal. Su postura fue recibida con sorpresa e indignación por algunos convencidos nacionalistas, pero Bismarck trataba tan sólo de salvaguardar los intereses prusianos. En el caso de los ducados daneses de Schleswig, Holstein y Lauenburgo, la cuestión se planteó como consecuencia de diferencias en las leyes sucesorias, que justificaban las demandas del duque de Augustenburg frente a Christian IX (sucedería en noviembre de 1863 a Federico VII como rey de Dinamarca), y también como consecuencia del debate sobre el papel que los ducados habrían de tener en el conjunto de la Monarquía danesa. Las tensiones se habían prolongado durante toda la década de los cincuenta, alentadas también por el nacionalismo danés y hasta por un cierto movimiento "panescandinavista". La crisis estalló en 1863 cuando los daneses tomaron la decisión de poner a Schleswig bajo la misma Constitución que el resto de Dinamarca, lo que provocó la protesta de la Dieta de la Confederación y la amenaza de intervenir por medio de los Ejércitos de Austria y Prusia. La decisión danesa coincidió con los difíciles momentos del cambio dinástico, mientras que la situación originaba en Alemania un estallido nacionalista que pedía a la Dieta el reconocimiento de Schleswig-Holstein como miembro de la Confederación y la inmediata intervención militar contra Dinamarca. Bismarck, que pronto apreció las ventajas de la anexión de los ducados, porque significaba la incorporación de la importantísima base naval de Kiel y el acceso al Mar del Norte, trató de maniobrar prudentemente. En enero de 1864 pactó una alianza con Austria que preveía una acción militar conjunta contra Dinamarca, a la vez que establecía que ambas potencias decidirían por mutuo acuerdo el futuro de los ducados. Aunque mirado con recelo por el rey Guillermo, Bismarck había conseguido que Austria trabajara en una línea favorable a Prusia -Bismarck llegaría a decir que Prusia había alquilado a Austria-, a la vez que impedía que Austria utilizase la crisis para provocar algún movimiento diplomático antiprusiano. La presión de los liberales nacionalistas, que pretendían la ocupación de los ducados y la entronización del duque Federico, estuvo a punto de poner en peligro los planes de Bismarck, que decidió actuar inmediatamente, aun sin el respaldo de la Dieta. A lo largo de 1864 se alternaron las gestiones diplomáticas con las acciones militares y, en octubre, Dinamarca cedía los ducados. Los intentos de Austria (conde Mensdorff) para contrarrestar el auge prusiano estableciendo unos ducados independientes fueron neutralizados por Bismarck que, con ocasión de una reunión de Guillermo I con Francisco José en el balneario de Gastein, consiguió que se firmase una Convención (14 de agosto de 1865) por la que Austria se encargaba de la administración de Holstein, mientras que Prusia se encargaba de la de Schleswig, compraba el ducado de Lauenburgo, y se hacía cargo de bases militares y navales en Holstein. La Convención pudo entenderse como un parón a las apetencias anexionistas prusianas, que fue aceptado por Bismarck porque tal vez no estuviera completamente seguro de la capacidad militar de Prusia en un futuro conflicto, pero significaba, en todo caso, una indudable ganancia territorial y el previsible conflicto con Austria sólo quedaba pospuesto. De momento, Bismarck prefería asegurarse de sus apoyos internacionales para el momento en que llegase ese conflicto.

Guerra austro-prusiana
La entrevista de Napoleón III con Bismarck en Biarritz, en octubre de 1865, fue abordada por el canciller prusiano con la pretensión de que Francia se mantendría al margen de un previsible conflicto austro-prusiano, mientras que Prusia se comprometía a apoyar a Italia para conseguir la anexión de Venecia. Napoleón, por su parte, aceptaba estos planteamientos con la convicción de que un conflicto que presumía habría de ser largo le brindaría la oportunidad de actuar de mediador en los asuntos alemanes y, posiblemente, de conseguir algunas ventajas territoriales. Por otra parte, el emperador francés se comprometió a mediar ante los italianos para que llegasen a un entendimiento con los prusianos, lo que se consiguió con la alianza ofensivo-defensiva contra Austria firmada en abril de 1866. Si a esos acuerdos se suma la previsible inhibición del Reino Unido y Rusia ante un futuro conflicto, se podría decir que el camino para la intervención prusiana había quedado despejado. La situación comenzó a deteriorarse desde finales de abril, cuando fracasaron los intentos de evitar la movilización de ambas potencias, y después de que Prusia hubiera presentado un plan de reforma de la Confederación Germánica que era una nueva maniobra política para excluir a Austria del mundo germánico, a la vez que daba satisfacción a las aspiraciones de los elementos nacionalistas. Austria trató de contraatacar, en los primeros días de junio, apelando a la Dieta de la Confederación en torno a la cuestión de los ducados daneses, pero esa fue la ocasión para que Prusia declarase que no reconocía ya a la Confederación Germánica, y para iniciar las hostilidades contra Austria y sus aliados (Sajonia, Hannover y Hesse-Kassel). Aunque muchos pensaron que la guerra sería larga y se decantaría del lado austriaco, los hechos fueron muy diferentes. La derrota italiana en Custozza (24 de junio), con el desbaratamiento del segundo frente querido por Moltke, tampoco resultó decisiva. Por el contrario, la movilidad de tropas prusianas, como consecuencia del aprovechamiento de la red ferroviaria, resultó decisiva para la obtención de una victoria concluyente en Sadowa (Königgrätz) el día 3 de julio. Las noticias de Sadowa fueron recibidas en París como una derrota que amenazaba la misma seguridad francesa, pero Napoleón optó por iniciar tareas de mediación que le había pedido Austria, que también servían para rehabilitar la posición internacional de Francia. Consecuencia de estas gestiones fueron los acuerdos preliminares de paz, firmados en Nikolsburg el día 26 de julio, por los que se declaraba disuelta la Confederación Germánica y Austria se comprometía a no intentar restablecerla, lo que equivalía a reconocer su exclusión del mundo alemán. Se creaba la Confederación de la Alemania del Norte, bajo la dirección de Prusia que anexionaba los ducados daneses, Hannover, Hesse-Kassel, Nassau y Francfort. Por otra parte, se reconocía la independencia de los Estados al sur del río Main (Baviera, Baden, Württemberg y Hesse-Darmstadt), a los que se respetaba el derecho a formar otra confederación. Todos estos extremos se confirmarían en la Paz de Praga, que se firmó el 23 de agosto. Por parte de Bismarck, la aceptación de estos acuerdos estaba encaminada a refrenar las exigencias de su rey y sus generales, empeñados en infligir un castigo humillante al imperio austriaco. Bismarck, por el contrario, no quería una Austria humillada y prefirió dejarla intacta en sus territorios. Napoleón, por su parte, no obtuvo los fines que pretendía con su mediación diplomática. Sus apetencias sobre territorios alemanes de la orilla izquierda del Rin, que fueron reveladas por el propio Bismarck, sólo sirvieron para que los Estados del sur se apresuraran a aceptar las alianzas militares que les ofrecía el canciller prusiano. Francia puso entonces sus ojos en Luxemburgo y en Bélgica, lo que no pareció inquietar a Bismarck, que habló despectivamente de las propinas que pretendía el emperador francés. Como vieron algunos contemporáneos, la posibilidad de un gran Estado alemán, que agrupase a todos los Estados alemanes en el centro de Europa, parecía haberse esfumado definitivamente. La nueva entidad política tendría su centro en Berlín, mientras que el Imperio austriaco tendría que recurrir a la fórmula de la Monarquía Dual, que implicaba el desplazamiento de su centro de gravedad hacia la zona de los Balcanes.

Confederación de Alemania del Norte
Mientras se desarrollaban estas negociaciones diplomáticas, Bismarck ponía las bases de un nuevo Estado "pequeñoalemán" que era un innegable avance en el camino de la unificación. Así lo entendieron algunos liberales nacionalistas que optaron por la política realista de apoyar la gestión de Bismarck que, en septiembre de 1866, consiguió la aprobación de una ley por la que se sanaba la exacción ilegal de impuestos que el Gobierno venía haciendo desde 1862. La Unión Nacional (Nationalverein) se disolvió en octubre de 1867, mientras que los liberales moderados, de dentro y fuera de Prusia, fundaron el Partido Nacional Liberal (J. Miquel, R. Bennigsen), comprometido con la política de Bismarck. La sesión constitutiva de la Dieta de la Confederación de la Alemania del Norte, elegida mediante sufragio universal, se celebró el 24 de febrero de 1867 y, a mediados de abril, existía ya un proyecto constitucional que fue sometido a la consideración de los príncipes y gobernantes de los 23 Estados que componían la Confederación.En dicha Constitución se contemplaba que los Estados que componían la Confederación serían soberanos en materia de finanzas, justicia, culto y enseñanza, mientras que correspondían a la Confederación el Ejército, la Marina, la política exterior, las aduanas, los correos, la moneda, y la legislación comercial, civil y criminal. El poder ejecutivo se concentraba en la presidencia, que sería desempeñada por el rey de Prusia con carácter hereditario, y que ejercía el poder a través de un canciller que sólo era responsable ante él. El presidente era el único responsable de la política exterior y comandante supremo del Ejército. Tenía también la iniciativa legal y la capacidad de convocar y disolver el Parlamento (Reichstag).El poder legislativo era ejercido en dos instancias. De una parte, existía una Cámara de representación de los Estados que componían la Confederación (Bundesrat), en proporción a la población de cada uno de ellos. Prusia, que contaba con 17 de los 43 miembros que componían la Cámara, tenía la capacidad de bloquear cualquier decisión que atentase a sus intereses. La otra Cámara (Reichstag) estaba compuesta por 2,97 diputados elegidos, mediante sufragio universal, por el conjunto de la población, aunque sus competencias eran muy limitadas, especialmente en materias presupuestarias. Bismarck supo utilizar esta Cámara para contrarrestar las actitudes particularistas que pudieran manifestar en el Bundesrat los representantes de los príncipes. Por otra parte, también se establecieron mecanismos para que los asuntos que concernían a la Unión Aduanera, renovada en estos años, fueran tratados en organismos parlamentarios (Zollparlament) en los que coincidían los Estados miembros de la Confederación con los que no lo eran. Suponía otra forma más de avanzar en el desarrollo de la conciencia unificadora.La nueva Constitución entró en vigor el primero de julio de 1867, después de ser aprobada por un amplio margen, y Bismarck se convirtió en canciller de la nueva Confederación. Los Estados del norte de Alemania vivían una situación de efervescencia política, en la que la meta de la unificación parecía al alcance de la mano. No había otra amenaza en el horizonte que los recelos franceses frente al súbito fortalecimiento prusiano y su afán de conseguir algún enriquecimiento territorial que fuese demostrativo de una hegemonía internacional que estaba en entredicho.

La guerra franco-prusiana
El mariscal Bismarck, que no quería humillar a Francia y que sabía que la Confederación no estaba en condiciones de afrontar una guerra, brindó la posibilidad de una conferencia internacional, que se reunió en Londres en mayo de 1867, para abordar la cuestión planteada por las apetencias francesas sobre Luxemburgo. El resultado, sin embargo, fue muy decepcionante para Francia, ya que el gran ducado quedó en manos del rey de Holanda, a la vez que se ratificaba su neutralidad. Este fracaso acentuó los deseos franceses de revancha, que le llevaron a buscar la alianza de Austria y de Italia. Napoleón III y el emperador Francisco José se reunieron en Salzburgo en agosto de 1867, y en el otoño siguiente se produjo un cruce de correspondencia de los soberanos austriaco e italiano con el emperador francés. Los resultados, en todo caso, fueron desdeñables porque Austria empezaba a desentenderse de los asuntos germánicos mientras que Italia imponía la condición, inaceptable para Napoleón III, de la retirada de la guarnición francesa estacionada en Roma. Tampoco encontraban más eco las exigencias francesas en el Reino Unido o en Rusia, que se mantuvieron al margen. Bismarck, por su parte, entendía que la guerra con Francia sería muy útil para fortalecer las tendencias unificadoras en los Estados del sur de Alemania, pero decidió no precipitarse y esperar a que los acontecimientos le brindasen una ocasión propicia. Ésta se produjo en los primeros meses de 1870, cuando el general Prim, enviado por las fuerzas revolucionarias que habían provocado el derrocamiento de Isabel II de España en septiembre del año anterior, visitó al príncipe Carlos Antonio de Hohenzollern-Sigmaringen, para explorar la posibilidad de que su hijo Leopoldo aceptase el trono de España. Bismarck intervino para forzar una aceptación (19 de junio) que impedía que se trasladase el ofrecimiento a alguno de los príncipes católicos del sur de Alemania y, sobre todo, que pondría a Francia en una difícil situación. La noticia de la aceptación fue conocida en París a comienzos de julio y provocó una enorme excitación de la opinión pública que se trató de aplacar con una declaración que el ministro de Asuntos Exteriores francés, el duque de Gramont, realizó el 6 de julio, según la cual el nombramiento amenazaba los intereses de Francia y no era tolerable. España se mostró dispuesta a aceptar la retirada de la candidatura y, con una discreta presión por parte de las grandes potencias, Antonio de Hohenzollern lo hizo así, con alivio para el rey Guillermo y disgusto para Bismarck, que veía arruinada la oportunidad.El desenlace fue un innegable triunfo diplomático para Francia, y así lo entendieron Napoleón y Emile Ollivier, presidente del Consejo de Ministros. No así Gramont que, bajo la influencia de algún sector de la Corte y de bonapartistas exaltados, pretendió ir más allá y, sin conocimiento de Ollivier, hizo que el embajador francés Benedetti tratara de obtener de Guillermo I un compromiso formal de que no se volvería a plantear la candidatura Hohenzollern. Aunque el rey de Prusia se mostró deferente en las dos entrevistas que tuvo el día 13 de julio con el embajador francés, al que tuvo informado de los acontecimientos, se negó a recibirle por tercera vez, habida cuenta que entendía improcedentes sus exigencias. Así se lo comunicó a su canciller en el telegrama que le remitió a última hora de ese mismo día. Bismarck se dio cuenta que allí tenía la oportunidad que estaba buscando y, después de asegurarse de que la Confederación estaba preparada para la guerra, decidió provocar a Francia y dio a la prensa una información en la que sólo se aludía al rechazo final del rey a recibir al embajador. El texto de la nota redactada por Bismarck decía así: "Con ocasión de que el Gobierno Imperial de Francia fue informado oficialmente por el Gobierno Real de España que el príncipe heredero De Hohenzollern había renunciado, el embajador de Francia exigió, además, de S. M. el Rey, en Ems, la autorización para telegrafiar a París que S. M. el Rey se comprometía a no dar nunca su aprobación para el caso de que los Hohenzollern volvieran a plantear su candidatura. En esa situación, S. M. el Rey rehusó recibir de nuevo al embajador de Francia y le hizo saber, por su ayudante de servicio, que S. M. no tenía nada que comunicarle al embajador". La nota tuvo el efecto deseado y el 19 de julio Francia declaraba la guerra a Prusia para defender su honor, aunque no contase con los apoyos diplomáticos necesarios ni con una superioridad militar efectiva. Ambos aspectos quedarían claros durante las hostilidades, que se prolongaron durante el mes de agosto, hasta desembocar en el desastre francés de Sedan. Los franceses, sin embargo, no capitularían hasta finales de enero del año siguiente.Para los intereses de Bismarck, el conflicto facilitó el clima emocional en el que se hizo posible la unificación entre la Confederación y los Estados del sur. Baden y Hesse-Darmstadt habían manifestado ya su voluntad de integrarse en la Confederación, mientras que Bismarck tuvo que hacer algunas concesiones políticas para conseguir la unión con Baviera y Württemberg. Como consecuencia de esta unión, el rey de Baviera encabezó una propuesta de los príncipes alemanes para que Guillermo I adoptase el título de emperador de Alemania. La proclamación del Imperio se produjo el día 18 de enero de 1871 en la Galería de los Espejos del palacio de Versalles. Con ella se culminaba el proceso de la unificación política alemana.

lunes, 7 de abril de 2008

LA UNIFICACION ITALIANA

A mediados del siglo XIX Italia contaba con 25 millones de habitantes. Poseía suficiente potencial humano y económico como para constituir un gran país, pero no lo era: su fragmentación política y la dependencia de Austria lo impedían. No lograría desarrollarse hasta completar su unidad.
El origen del proceso tuvo lugar en los territorios del norte, los más industrializados, ricos y socialmente avanzados de Italia. Fue allí donde se desarrollaron una serie de revueltas antiaustríacas, de carácter liberal, enmarcadas en un movimiento intelectual, cultural y unitario denominado “Risorgimento”.

Italia antes de la unificación
A inicios del siglo XIX Italia era una expresión de carácter geográfico (tal y como sostenía el canciller austríaco Metternich) con un glorioso pasado cultural. Carecía de unidad política, es decir, no constituía un Estado, sino que se hallaba fragmentada en varios. Algunos de ellos eran independientes, pero otros -antaño libres- se hallaban ahora bajo el control de potencias “extranjeras” como Austria, principal obstáculo de la unificación.
Napoleón Bonaparte en sus conquistas invadió la península e incorporó los estados italianos a su Imperio. Su derrota llevó consigo la reconfiguración político-territorial de Europa, establecida en el Congreso de Viena (1815). A partir de entonces, Italia quedaba constituida por siete estados:
En el Norte
El Reino de Lombardía-Venecia

Estaba integrado por:
El antiguo Ducado de Milán, también denominado Milanesado (en Lombardía), desde 1706 en poder del Imperio Austríaco.
La antigua República de Venecia que había jugado un importante papel durante el Renacimiento, pero que se encontraba desde 1797 bajo el dominio de los austríacos .
El Reino de Lombardía-Venecia estaba regido por la casa de los Habsburgo.
Los ducados de Parma, Módena y Toscana (ésta última, en el centro-norte de la península) estaban gobernados por príncipes de ascendencia austríaca y de facto dependían del Imperio.
Tanto el Reino de Lombardía-Véneto, como los ducados, estaban tutelados por gobiernos antiliberales de origen extranjero.
El Reino de Piamonte-Cerdeña
Era políticamente independiente y estaba dirigido por la dinastía de los Saboya, de ascendencia italiana y protagonista de excepción en el proceso de unificación. Con capital en Turín y contando con Génova como importante centro comercial, constituirá el motor de la unificación.

En el Centro
Los Estados Pontificios
Integrados por los siguientes territorios: Romaña, Marcas, Umbría, Lacio, Pontecorvo y Benevento, con Roma como capital. Sus gobernantes eran los papas, desde 1846, Pío IX, auténtico monarca absoluto, opuesto a la unificación al tiempo que profundamente antiliberal.
Los Estados Pontificios cayeron en poder de los franceses durante las guerras napoleónicas, pero tras el Congreso de Viena fueron reintegrados a los pontífices.

En el Sur
El Reino de las Dos Sicilias

Estaba compuesto por Nápoles y Sicilia y era gobernado de modo absolutista por la dinastía de los Borbones.
Desde el punto de vista socioeconómico, había grandes diferencias entre el norte y el sur. El primero, industrializado tempranamente y con una emprendedora burguesía. El segundo, profundamente agrario, poblado por campesinos dependientes de una aristocracia anclada en el pasado. Esta disparidad regional será uno de los principales obstáculos con que se tope el proceso de unificación.


Factores de la unificación italiana
Ideológicos
Durante la primera mitad del siglo XIX el movimiento romántico fue determinante en el desarrollo del nacionalismo italiano. Destacados escritores como Manzoni y Leopardi, filósofos como Gioberti o músicos como Verdi y Rossini, preconizan en sus obras la existencia de una patria italiana unida frente a las ingerencias de las potencias extranjeras, especialmente Austria.
Se abre camino la idea del “Risorgimento”, es decir, el “resurgimiento” de una Italia unida, como lo había sido durante la gloriosa antigüedad romana. Defendía una identidad cultural y unos sentimientos específicamente italianos.
PolíticosHasta la primera mitad del siglo, los intentos de unificación fueron débiles, limitándose a acciones más encaminadas a derrocar las monarquías absolutistas por parte de miembros de sociedades secretas como la de los carbonarios, que a una acción coordinada y unificadora.
Las concepciones de los nacionalistas italianos pueden concretarse en tres modelos:

El neogüelfo
Representado por Gioberti (1801-1852), sacerdote liberal que defendía que la unidad italiana habría de conseguirse en torno a la figura del Papa, plasmándose en una confederación de estados italianos. La llegada al pontificado de Pío IX, alimentó las esperanzas de muchos católicos, aunque posteriormente, dicho papa abandonó su inicial política liberal y se reveló como un profundo antiliberal y antinacionalista.

El republicano
Su máxima figura fue Mazzini (1805-1872). Genovés, defendía una Italia unida organizada como república. Antiguo carbonario, fundó la sociedad nacionalista secreta “Joven Italia” que disponía de células repartidas por todo el territorio italiano. Presidió la breve República Romana creada en los territorios de los Estados Pontificios como consecuencia de la revolución de 1848.
Dos años más tarde, la república sería disuelta por la intervención de las tropas francesas que repusieron al papa Pío IX como gobernante de sus antiguos estados. Este modelo representó la tendencia más radical y progresista de cuantas hubo, si bien no llegó a cuajar en la práctica.

El monárquico
Representó el ejemplo más influyente de todos. Su protagonista más cualificado fue el conde de Cavour, partidario de la unificación en torno a la monarquía constitucional del Reino del Piamonte-Cerdeña, que a partir de 1849 contaría con la inestimable figura del rey Victor Manuel II, de la casa de Saboya.

Sería este modelo unitario el que se impondría a la larga, dando como resultado la entronización del rey del Piamonte como primer rey de Italia.

Económicos
Entre los factores económicos que propiciaron la unificación italiana, destaca el importante papel desempeñado por los industriales y comerciantes del rico norte, quienes, desde una perspectiva económica, alentaron y apoyaron el proceso. Pretendían, desde una perspectiva moderada, conseguir la creación de un mercado unificado, dotado de eficientes comunicaciones y una buena infraestructura viaria que diera salida a la producción industrial. La fragmentación política y territorial de Italia representaba un serio obstáculo para el comercio, por lo que era preciso eliminar las barreras aduaneras que impedían la exportación de mercancías desde el norte al sur de la península. Ese sur, por su parte, profundamente desindustrializado, fue considerado por los industriales piamonteses como un interesante mercado donde vender sus artículos.
El proceso de unificación italiano (Etapas)
El proceso de unificación atravesó por las siguientes fases:
La guerra contra Austria de 1848
La sublevación de Milan contra el poder austríaco (dentro del proceso revolucionario de 1848) impulsó a Carlos Alberto de Piamonte a acudir en su ayuda. Lombardía y Venecia también se unieron a Piamonte, declarando su independencia de Austria.
Pero la derrota de las tropas piamontesas a manos del mariscal austríaco Radetzky en Custozza (1848) y Novara (1849), obligaron al rey piamontino a abdicar en su hijo Víctor Manuel, que tenía un mayor grado de implicación en el proceso que su antecesor.

Simultáneamente, en los Estados Pontificios, estallaba la revuelta contra el papa Pío IX, que se vio obligado a huir. Se instauró una República con Mazzini a la cabeza. No obstante, dos años más tarde, en 1850, tropas francesas irrumpieron en Roma y restauraron el poder del pontífice, convirtiéndose en garantes de su independencia. A partir de ese momento los Estados Pontificios se transformaron en un serio escollo para la unificación y una amenaza para el liberalismo.
El intento de unión de 1848 fue un fracaso, los nacionalistas habrían de esperar una coyuntura más favorable para llevar a cabo sus aspiraciones. No obstante quedaba claro la existencia de un sentimiento nacional que impregnaba a importantes sectores de la población y que contaba con las simpatías de potencias extranjeras como Francia y Gran Bretaña.

La anexión de Lombardía (1859)
Aliado con Napoleón III de Francia mediante el pacto secreto de Plombières, el conde de Cavour, primer ministro del reino del Piamonte, acometió la tarea de expulsar a las tropas austríacas del reino de Lombardía-Véneto. En las batallas de Magenta y Solferino las tropas austríacas fueron derrotadas y perdieron Lombardía, pero no así Venecia, debido a que Francia, firmó a espaldas de sus aliados la paz con Austria.
La integración de los territorios del norte (1860)
Mediante una compensación territorial (cesión de Saboya y Niza) Cavour se ganó la colaboración de Napoleón III. Mediante plebiscitos (referendums) alentados por Piamonte se consiguió la adhesión de Parma, Romaña, Módena y Toscana (1860).

Por su parte, Garibaldi, caudillo del nacionalismo italiano en su sentido más democrático y aventurero, se dirigió desde Génova con sus “mil camisas rojas” hacia el Reino de las Dos Sicilias. Conquista Palermo (Sicilia) y más tarde Nápoles.
El reinado de los Borbones en Italia llega con ello a su fin.
Tras las incorporaciones de 1860, sólo restaba para completar la unidad la adhesión de los Estados Pontificios y Venecia. En 1861 muere Cavour sin ver rematada su obra. Meses antes, el primer Parlamento italiano, reunido en Turín, había dado a Víctor Manuel el título de rey de Italia.

La agregación de Venecia (1866) y los Estados Pontificios (1870)
La guerra entre Austria y Prusia que estalló en 1866 dio una nueva oportundiad al joven Reino de Italia para anexionarse Venecia. Sin embargo, los italianos, aliados de los prusianos, fueron vencidos por Austria de nuevo en Custozza y su flota destruida en Lissa.
No obstante, la victoria prusiana de Sadowa supuso la incorporación definitiva del territorio Véneto.

En lo que respecta a los Estados Pontificios, se encontraban protegidos por una guarnición francesa. Garibaldi, en 1867, había fracasado en su intento de tomar la capital. En 1870 Francia y Prusia entraron en guerra, los franceses, retiraron sus tropas de Roma y los italianos lograron completar su unificación. En 1871 la ciudad se convirtió en la capital del nuevo Estado. El Papa Pío IX se refugió en el Vaticano, donde se consideró a sí mismo un prisionero.

El nuevo Estado Italiano
La creación de Italia como Estado unificado supuso la desaparición de las antiguas fronteras, la homogenización legal y monetaria. Pero al mismo tiempo, la nueva entidad hubo de enfrentarse a una serie de problemas que dificultaron su cohesión:
El rechazo del papado a admitir la nueva situación enturbió las relaciones con las autoridades italianas. Hasta la firma de los Tratados de Letrán entre Mussolini y la Santa Sede en 1929, no se normalizaron los vínculos entre ambos estados. Esto ocurría en un país extremadamente arraigado al catolicismo y donde he hecho religioso estaba íntimamente ligado al político.
La brecha entre un norte rico, industrializado, urbano e integrado en la economía europea, y el sur preindustrial, agrario y pobre, se agrandó. Esa desigualdad económica y social persistió durante el siglo XX y aún hoy constituye una realidad.
Políticamente los italianos se decantaron por dos grandes grupos: de un lado, los liberales, representantes de los industriales y comerciales del norte; por otro, los conservadores, defensores de los intereses predominantemente agrarios del sur.
El nuevo Estado adoptó el régimen de monarquía parlamentaria, siguiendo el modelo del Piamonte, pero el voto no se extendió a grandes capas sociales hasta 1913, quedando la representación relegada a una minoría, sujeta a menudo a corruptelas.
Los beneficiarios políticos de la unificación fueron los burgueses del norte. Por contra, republicanos y demócratas (Garibaldi, Mazzini) se vieron superados por los monárquicos moderados. Su relevo lo tomarán los movimientos de carácter social del último tercio de siglo y primero del siglo XX, encarndos en ideologías como el anarquismo o el socialismo.
Con todo, la unificación convirtió a Italia en una gran potencia, que jugó un importante papel en el seno de Europa a lo largo del siglo XX. Si bien una parte de población quedaba un tanto al margen del sentimiento nacional, una vez constituido, el Estado alimentó intitucionalmente tal espíritu.

LOS CHICOS DE LA ESCUELA DE COMERCIO B.R.S

LOS CHICOS DE LA ESCUELA DE COMERCIO B.R.S
un paseo con los chicos del CAJ

Arbol

Loading...